Santuario

  • ORIGENES
  • IGLESIA
  • TORRE-CAMARIN

La Basílica y Real Santuario de Santa María de la Victoria nace como consecuencia de una leyenda, la aparición de la Virgen al Rey Fernando el Católico cuando asediaba la ciudad de Málaga, para su conquista.

Ante la importante resistencia de las tropas que defendían la ciudad, el rey aragonés estaba dispuesto a levantar el asedio, cuando en un sueño, se le apareció la Santísima Virgen, que se encontraba en el oratorio particular del monarca, siendo esta imagen mariana un regalo de Maximiliano I de Habsburgo, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y consuegro de los Reyes Católicos.

Después, un monje de la Orden de los Mínimos, le solicita audiencia, según todos los datos históricos, se trataba del padre Bernardo Boyl, el cual portaba una carta enviada por el fundador de la comunidad San Francisco de Paula, dirigida a su persona.

El rey leyó su contenido y en ella el santo del Paular le recomendaba que no levantara el cerco a la ciudad de Málaga, que en tres días se conquistaría la ciudad.

Así sucedió y el 18 de agosto de 1487, los defensores de la plaza tras una feroz batalla, le entregaron las llaves de la misma, rindiéndose.

El monarca agradecido, dio las oportunas órdenes para que se construyera, en el lugar donde había acampado con sus huestes, un santuario dedicado a la Virgen, que se llamaría de la Victoria y la custodia de la misma la dejaba en manos de los frailes mínimos, para que ubicaran su convento en dicho lugar. Pasando el tiempo a los monjes mínimos también se les conocían como victorios, en honor de Santa María de la Victoria.

El cenobio estuvo terminado en el año 1493. Antes de los mínimos, se encargó de la custodia de la Virgen un ermitaño, Bartolomé Coloma, que posteriormente entregó a los mínimos la custodia de la Virgen.

La Iglesia es de estilo barroco, como correspondía a la contrarreforma, consta de tres naves. En su ornamentación es sencilla, posiblemente por la austeridad de que hacían gala los mínimos.

Sobre la primitiva se construyó la actual, inaugurada en el 1703 sólo conserva de la antigua el retablo del altar mayor, dedicado íntegramente a la vida y milagros de San Francisco de Paula, coronado con el relieve del encuentro de los RR.CC. con los mínimos en Málaga y algunas figuras escultóricas.

Desde 1506, la familia Fernández de Córdoba, Condes de Casapalma, tenían el privilegio de poder ser enterrados bajo el techo de la iglesia, bajo el pago que en aquellos tiempos tuviera estipulada la comunidad para dichos menesteres. A los pies de la escalinata del altar mayor se encuentra la lápida donde reza la inscripción con el enterramiento de dicha familia.

Más tarde, a final del siglo XVII, otra familia noble de la ciudad, los Condes de Buenavista, descendientes de genoveses asentados en Málaga, solicitan, permiso de enterramiento en la Iglesia del Santuario, debido a lo anteriormente escrito, se le niega dicha petición por el derecho y privilegio de la familia Fernández de Córdoba. Se le concede un lugar tras el altar mayor, donde los condes se construyen su mausoleo.

A la vez que construyen su lugar de descanso eterno, los Buenavista, viendo en el mal estado que se encontraba la Iglesia primitiva, deciden de acuerdo con la comunidad de mínimos, derribarla y levantar una nueva en el mismo lugar. Los religiosos pagarían un tercio del costo de la obra y los condes los otros dos tercios. La obra duró 12 años, contando de la fecha del permiso de obra (1691).

Aunque no está históricamente muy documentado, el arquitecto fue Felipe de Unzurrunzaga, al igual que toda la obra del trasaltar.

Hoy además de los Condes de Casapalma, hay varios enterramientos más en la Iglesia y que no se corresponden con esta ilustre familia, el último de ellos el del Dr. Gálvez Ginachero. (debajo del altar de la Purísima).

El santuario conserva de su pasado histórico monacal, el retablo barroco de mediados del siglo XVII, con la vida y milagros de San Francisco de Paula, la imagen de la Virgen fundadora, su trono baldaquino, los ángeles lampareros y las esculturas de la Dolorosa, de Pedro de MENA y la Virgen de Belén, de Jerónimo Gómez de Hermosilla.

Por distintos avatares históricos, han desaparecido otras obras de mayor o menor valor escultóricos, lo que ha motivado que, con el tiempo, los altares y las distintas capillas se hayan cubierto con nuevas imágenes de distintas procedencias.

TÍTULO DE BASÍLICA

El Papa Benedicto XVI otorgó en marzo del año 2007 el título de Basílica Menor para el Real Santuario de la Victoria. Celebrándose Ceremonia de Proclamación el 20 de mayo de 2007 presidida por el Obispo de Málaga D. Antonio Dorado Soto, siendo Rector D. Ignacio Mantilla de los Ríos de Rojas.

A finales del siglo XVII, José Guerrero Chavarino, I Conde de Buenavista, reedificó la Iglesia, como ya quedó dicho, y amplió la cabecera del presbiterio, con un cuerpo a modo de torre donde construyó un espacio celestial, para la exaltación mariana (el camarín), otro terrenal funerario, (panteón familiar) y un cuerpo intermedio, (escalera y sagrario). En todos ellos las esculturas adquieren gran protagonismo y todo el programa iconográfico, así como sus elementos ornamentales están realizados en yeso.

No hay documentación sobre los escultores y tallistas que realizaron la obra, al parecer el arquitecto director, Felipe de Unzurrunzaga, los contrató en Madrid, aunque no se descarta la posibilidad de que fueran frailes de la Orden.

La obra, del camarín-torre, se termina en el 1703.

  • CRIPTA
  • ZONA INTERMEDIA
  • CAMARÍN

Representa la “Vía Purgativa”, el nivel más terrenal, donde todo tiene principio y final. La cripta con sus terribles imágenes, cuadrada, “compone” el lugar de la penitencia, de la meditación sobre la muerte y el pecado.

Debemos tener presente que detrás del Conde de Buenavista siempre estaban los mínimos -que de alguna manera procedían de los franciscanos- donde salió San Fco. De Paula (Convento de San Marcos). Estos siempre tenían en su literatura y su arte a la muerte como tema importante. En la concepción católica, la muerte es solo un tránsito hacia el comienzo de la verdadera existencia.

En el centro del recinto hay un soporte de cuatro columnas, se corresponden con una sola que hay en el primer nivel superior, la capilla privada. Las columnas, además de tener su misión funcional, representan los iconos del grupo cósmico: agua, fuego, tierra y aire.

En el centro de la pared descansa la cruz, símbolo de la redención de Cristo que vence a la muerte y al pecado. Realizada en oro y pedrería, metales preciosos, representa la inmortalidad del alma.

En la estancia hay multitud de signos funerarios. En la blanca yesería, sobre las paredes negras que representan la muerte en todas sus formas y maneras, se pueden observar diversas interpretaciones. Desde el tambor (recuerdo de las danzas medievales de la muerte), la muerte con un niño en sus manos (el no respeto de la edad, comenzar a morir desde el nacimiento), hermosas mujeres con piernas cadavéricas (lo efímero de la belleza), la muerte mirándose en espejos (las miserias humanas, la vanidad). Etc. Etc.

El mausoleo de los Buenavista los representa en toda su juventud y belleza. Más adelante, bajo las figuras orantes genuflexas sobre los sarcófagos mirando al altar, está la muerte.

Se desconoce si los condes están enterrados en la cripta. Cuenta la historia que, cuando murió el conde, su cuerpo fue depositado en el convento de mínimos de Madrid, lugar donde falleció. Su viuda se encargaría entonces de trasladarlo a Málaga, como dejó escrito su marido en el testamento. Los nombres que aparecen en las tumbas, en cualquier caso, no pertenecen a los Buenavista.

Conseguido el arrepentimiento, los fieles alcanzan una luminosa escala, “Vía Iluminativa”. El camino nos lleva hasta el camarín, la morada de la salvación eterna por la intercesión de la Virgen y punto culminante de este ciclo meditativo, concebido como un resumen de ascética, moral, teología y de desprecio a la vanidad. Este itinerario místico se encuentra en los “Ejercicios” de San Ignacio de Loyola y en la literatura mística de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, etc.

Encima de la cripta estaba la antigua sacristía, hoy capilla del Santísimo, situada tras el altar mayor, dispuesta en el nivel intermedio pero que coincide con el de la Iglesia. Por tanto, es una pieza fundamental y principal de este conjunto. Se trata de un espacio sin ornamentación que mantiene la estructura de la cripta, aunque con un único soporte (en la cripta eran cuatro) sustentando el simbolismo de conexión de la vida subterránea con el cielo.

Frente a la sacristía, en la escalera, se encuentra un relieve de San Francisco de Paula, que representa su relación con tres Papas.

Tras las escaleras de 48 peldaños (múltiplo de 8, número cristológico), se accede al camarín, lugar donde aparecen relieves de Cristo con los Apóstoles en sus iluminadas bóvedas esquifadas.

La “Vía Unitiva”, mansión de la inmortalidad, donde nos espera la Virgen en su trono baldaquino. Se alza sobre cuatro bellos ángeles-termes, a modo y forma de estípite, que sustenta la base, y en su interior hermosos ángeles mancebos, apoyados sobre el orbe sostienen como atlantes la peana circular de la Virgen pisoteando la serpiente, el símbolo del pecado. De la peana arrancan sugestivas tornapuntas, soportes de otros ángeles que coronan a la reina de los cielos, formando el baldaquino.

El camarín, de estilo barroco y rococó en la embocadura, se levanta en una planta octogonal, con cúpula y linterna situada a 22 metros. Junto al león coronado (símbolo de los Buenavista) encontramos el anagrama de María, alternando con el águila bicéfala y emblema de la casa de Austria.

Profusamente iluminado con una brillantísima luz, se decora con yeserías blancas y carnosas en las que flores, emblemas, guirnaldas, ángeles, aves, etc., se combinan con espejos y cartelas donde rezan letanías, dentro de una delicada maraña ornamental.

La riquísima yesería surge de un fondo policromo, destacando los colores amarillos (color oro, símbolo cristológico), rojo (el de la púrpura, en alusión a la realeza) y azul (color mariano y sobre todo inmaculadista), que podría enfatizar el empeño de los franciscanos por realzar el carácter inmaculado de la Virgen.